miércoles, 28 de septiembre de 2011

Once metros



Y entonces, justo entonces, justo antes de que las puntas enguantadas de tus dedos se estiren hasta el límite, justo antes de que rocen el balón apenas de pasada pero lo suficiente como para hacer que éste se desvíe y que se estrelle contra el poste, entonces, justo entonces, comprendes que todo esto ya ha pasado, que no estás ya debajo del larguero, que el cuero dirigido hacia tu cuerpo ya no es cuero, sino plomo, que, en fin, no va haber forma de que puedas parar este último disparo.

* * *

Me sigue costando mucho escribir prosa (literaria, se entiende, la académica me sobra).  Trato de escribir relatos, pero sólo me salen los finales, que a veces funcionan muy bien como microrrelatos.  Éste en particular es el final para un relato inspirado vagamente en otros dos de Borges («El milagro secreto») y Bonilla («Saltador de altura»), y situado en el llamado «Partido de la Muerte»un episodio de la II Guerra Mundial en el que se entremezclan la épica y el fútbol, y en el que John Huston basó su película Evasión o victoria (1981).

sábado, 24 de septiembre de 2011

¿Qué quiere decir «nuevos poetas»?

Sigo con El Danubio.  Es un libro alucinante.  Podría colgar aquí un fragmento cada día.  Como éste, a propósito del resurgimiento de la poesía yiddish en Rumanía a principios de los 80, pero perfectamente apropiado para recordar, hoy que las antologías de jóvenes poetas surgen como churros, que la juventud no otorga un valor añadido a la poesía:
La literatura yiddish en Rumanía es hoy singular; buena parte de los judíos —y entre ellos también los escritores— han abandonado el país y los pocos que quedan son en su mayoría ancianos.  «Tenemos nuevas fuerzas —me dice sonriendo Bercovici, mostrándome la revista literaria yiddish—, nuevos poetas.  Es posible que comiencen a escribir un poco tarde, no tienen prisa por descubrir su propia vocación; este de aquí, por ejemplo, es un debutante de setenta y nueve, este otro, que ahora ya está en su segundo libro de poemas, publicó el primero a los setenta y seis años.» 
No se trata, en la mayoría de los casos, de efusiones sentimentales y patéticas, de esa segunda adolescencia literaria que arrebata a veces a los viejos ya próximos a la poesía del testamento.  Los poemas son sobrios y sutiles, desprovistos de pathos epigonal, demuestras conocimiento y dominio de las aventuras formales contemporáneas.  ¿Qué quiere decir «nuevos poetas»?

martes, 20 de septiembre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre librerías y supermercados

Las librerías y los supermercados tienen algo en común: me tranquilizan.  Algo debe de haber en sus pasillos, algo en la sucesión de los estantes que hacen que me sienta seguro estando en ellos.  También son un remedio para los ataques ocasionales de melancolía, de soledad.  Eso es especialmente cierto cuando uno pasa largas temporadas lejos de casa.  Con las librerías está claro, ya se sabe: un lector nunca está sólo del todo si está entre libros.  Con los supermercados (y cuánto más grandes, más) también me ocurre, pero tengo menos claras las razones.  Quizá sea el hecho de que siempre hay gente pululando en ellos.  Quizá, y es más probable, sea simplemente que me gustan la comida y la cocina y que, por tanto, sea feliz vagando durante horas entre estanterías repletas de comida.

El problema es que, una vez que estás dentro, es muy difícil marcharse sin llevarse algo entre manosAl final resulta que es un remedio caro, pero uno puede consolarse en la idea que mucho más caro es un psiquiatra.  Precisamente ayer tuve ocasión, una vez más, de comprobarlo, cuando entré a curiosear en una librería del centro y salí con tres libros de la mano: dos poemarios y un ensayo.




De 28010, de Marta Agudo, había leído una reseña en Revista 330 ml.  No conocía las Gesta romanorum, de Giovanni Raboni, pero, con ese título, qué latinista que se precie va a resistirse a, por lo menos, hojearlo.   Y El precio de la culpa, de Ian Buruma, servirá para alimentar mi obsesión por el Tercer Reich y el Holocausto (ya son cerca de treinta los libros sobre el tema en mi biblioteca particular, y siempre tengo alguno más en mente ...).

* * *

También fui al Mercadona, pero no es cuestión de glosar aquí mi lista de la compra: esto todavía pretende ser un blog sobre literatura, aunque se me ocurre que podría coger las frutas y verduras que compré, cortarlas en rodajas milimétricas y escanearlas, escanear también el ticket de la compra, subir después aquí esas láminas finísimas, vidriosas, coloridas, buscarles un título adecuado, y hacer, en fin, con ellas, un poema postpoético.  La poesía, ya se sabe, está por todas partes. 

martes, 6 de septiembre de 2011

"Mono y esencia" de Aldous Huxley



Nos encontramos en Hollywood, unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Un par de artistuelos de poca monta encuentran un guión de cine desechado y se disponen a leerlo. Hasta aquí la ficción introductoria, el Cide Hamete Benengeli particular de esta obra. A partir de ese momento comienza verdaderamente Mono y esencia: El mundo ha quedado destruido por una guerra nuclear y sólo Nueva Zelanda se ha salvado. Muchos años después, en el 2018, los neozelandeses mandan una expedición exploratoria a California, donde encuentran una tierra asolada y una sociedad tribal organizada en torno al culto a Belcebú y al Proletariado, una sociedad regida por sacerdotes en la que el sexo y el amor están penados con la muerte para evitar los nacimientos de mutantes, excepto durante una «época de celo» en la que todo se convierte en una orgía. En ese mundo queda atrapado uno de los investigadores neozelandeses, y en él encontrará el amor junto a una jovencísima nativa. El guión acaba con la huida final de los protagonistas en busca de una tierra donde la recompensa de su amor no sea una lapidación pública.

Por si fuera poco, el relato está aderezado con un narrador enloquecido y unos coros en los que unos mandriles antropomorfizados maltratan, apalean y esclavizan a varios Albert Einstein vestidos con harapos. Me pregunto qué es lo que podría hacer Terry Gilliam con un argumento semejante.

En algún sitio leí que esta novela era una distopía más perturbadora que Un mundo feliz. No estoy de acuerdo. Es más, niego la mayor. Mono y esencia no es una distopía, es una pesadilla de ácidos. Y como tal es fragmentaria, incoherente e irracionalmente terrorífica. Y precisamente por eso es menos espantosa que Un mundo feliz. Porque no es sorprendente que los bárbaros sean bárbaros. Lo que de verdad hiela la sangre, en cambio, lo que resulta del todo incompatible con la condición humana, es la muerte limpiamente burocratizada. No el salvaje que quiere matar enemigos, beber su sangre y escuchar el llanto de sus mujeres, sino el tipo gris y aburrido que organiza en su oficina los horarios de los trenes que acaban en los campos de concentración. No Mono y esencia, sino Un mundo feliz.