martes, 30 de agosto de 2011

De vuelta de Atenas



De la mutilación de las estatuas
a veces surge la belleza, de los
capiteles truncados cuyo acanto
cayera en la maleza entre el acanto
—réplica en viejo mármol de un verdor sorprendido
por la primera lluvia que conoce—: posible
perfección del azar que nada tiene
que hacer para ser símbolo de todo
lo que se quiera


Aníbal Núñez, Definición de savia

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La foto es mía. Un cúmulo de ruinas en el Ágora Romana, Atenas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Un fragmento de Lucrecio



Aunque no me molesta especialmente la visita del Papa (es decir, no me molesta más ni menos que otros saraos organizados con dinero público, como el Orgullo Gay, los festivales de música o las manifestaciones del 1º de mayo), me parece una buena ocasión para colgar uno de los fragmentos de mi planeada y, por desgracia, casi completamente detenida traducción del De rerum natura de Lucrecio. El texto que he elegido, como no podía ser menos, es el famoso «Elogio de Epicuro» (I.62-79):

Elogio de Epicuro

Los hombres se arrastraban torpemente
por tierra, derrotados bajo el peso
terrible de la Fe, que desplegaba
su rostro amenazante entre las nubes,
buscando horrorizar a los mortales,
cuando un hombre de Grecia fue el primero
que osó desafiarla y que sostuvo
con sus ojos mortales su mirada.
Ni la fama divina, ni los rayos,
ni el cielo con bramido amenazante
pudieron detenerlo, sino que
más fuerte espolearon su deseo
de hacer saltar los goznes de las puertas
del Mundo Natural por vez primera.
Su espíritu venció, vívida fuerza
que, yendo más allá de las murallas
de fuego de este mundo, recorrió
el Todo inmensurable, en mente y alma.
Y desde allí nos muestra, victorioso,
qué nace, qué no nace, en fin, las leyes
que dan poder y límite a las cosas.
De modo que la Fe yace rendida
y el hombre, vencedor, asciende al cielo.

He traducido religio como «Fe», aunque de sobra sé que no es ése su significado exacto (tampoco es «religión», si no más bien una mezcla entre ésta y la mera superstición, pero no vamos a entrar aquí en discusiones filológicas). Lo traduzco como «Fe», digo, porque se ajusta más a mi ideal de escepticismo científico, porque de nada sirve haber dejado de creer en Dios si se sigue creyendo en el horóscopo, la homeopatía o el psicoanálisis.

Quiero concluir el post dejando unos enlaces que remiten a las obras de los imprescindibles Bertrand Russell, Richard Dawkins y Daniel Dennet, que son un ejemplo a seguir para los que pensamos que el ateísmo se defiende escribiendo obras serias y rigurosas, no disfrazándose de obispo para sacar en andas a la virgen de las bragas prietas.

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Fuente de la imagen (un busto de Epicuro): aquí.

domingo, 14 de agosto de 2011

Crónicas emeritenses (I)



6.7.2011

En Mérida, un par de días, de paso hacia Matalascañas. A la vuelta, la próxima semana, veremos el estreno de Antígona. Hoy por la noche hemos estado en la Alcazaba. En uno de los esquinazos de su patio han levantado dos gradas que encuadran un pequeño escenario sobre el suelo de tierra de la fortaleza. Allí hacen algunas actividades paralelas a las representaciones del teatro romano. Hoy hay monólogos, pero también se hacen conciertos.

Los monólogos dramáticos tienen un problema muy grande. Cualquiera que esté acostumbrado a asistir a reuniones y conferencias sabe que el máximo de tiempo que se presta atención a una única persona que habla es de unos veinte o treinta minutos. En el caso del teatro, o eres Shakespeare o Calderón o tienes muy difícil crear un texto para ser interpretado por una sola persona que pase esa prueba. Ese es, desgraciadamente, el caso de los dos monólogos que hemos visto esta noche, cada uno de unos cuarenta minutos.



El primero, titulado Calpurnia pisonis (sic, en minúscula), trata de las vivencias de Calpurnia, mujer de César, el día de su asesinato. Lo interpretaba Emma Suárez. El texto era muy lírico, lleno de imágenes poéticas potentes, y precisamente por eso inapropiado para un monólogo de cuarenta minutos de duración. Eso no lo soporta nadie. La interpretación estuvo bien, aunque algo sobreactuada en ocasiones. Lo mejor, sin duda, poder tener a seis metros a Emma Suárez, por quien siempre he tenido debilidad, y que a sus cuarenta y cinco sigue estando impresionante.



El segundo, El instante del absurdo, pintaba mucho peor. Mis referencias del actor, Roberto Álvarez, no eran demasiado buenas: sólo lo conocía por haber hecho de marido de la Obregón en Ana y los siete. El tema, las reflexiones de Sísifo sobre la condición humana, hacía esperar una sesión de catequesis, y yo ya tuve suficientes en los colegios de monjas en los que estudié. El caso es que no empezó mal la cosa. El tono de la obra, su vocabulario, eran mucho más ligeros que los de la anterior, mucho más apropiados. Las palabras estaban muy bien escogidas, sin anacronismos ni términos que chirríen para como se espera que hable un habitante del mundo antiguo. La interpretación, más natural que la de Emma Suárez, y llena de esas falsas improvisaciones que hacen los buenos oradores, me sorprendió gratamente. Y la cosa fue bien durante unos diez minutos, mientras Sísifo relató su vida y sus hazañas: cómo engañó a Zeus, cómo burló a Hades y a la Muerte, cómo fue finalmente aprehendido y condenado. Y entonces el momento fatídico: Sísifo se puso a canturrear una canción de Bob Marley. Mi gozo en un pozo. A partir de ahí todo fue a peor. Comenzó la homilía, llena de lugares comunes y reflexiones simplistas que se pretendían hacer pasar por pensamientos profundos: que qué mal está el mundo, que es que hay mucha droga, que Sísifo es el proletario de los dioses y llora cuando ve sufrir al Pueblo (dioses, cuántas fosas comunes más tenemos que ver para que desterremos de una puta vez los abstractos de la política, cuántos campos de concentración para olvidarse de las naciones, los pueblos, las identidades culturales...). Miren, el problema de tener como máximo referente cultural a Bob Marley es que decimos cuatro obviedades y tres simplezas y nos pensamos que hemos escrito la Etica a Nicómaco. Y ése es el problema que tiene una gran parte del autodenominado «mundo de la cultura» (vulgo: actores, cantautores y otras hierbas). Por si fuera poco, Roberto Álvarez, con lo bien que lo iba haciendo, perdió el hilo del monólogo en un determinado momento, se puso nervioso, y a partir de entonces tuvo muchas vacilaciones, como si no recordara el papel (o esa sensación daba), y lo intentó compensar sobreactuado. Yo pensaba que la cosa no podía ir a peor, pero me equivocaba, porque casi al final de la obra llegó la apoteosis de la cursilería, cuando Sísifo nos pidió que cerráramos los ojos y recordáramos nuestro momento happy happy. Por suerte, no se le ocurrió pedir que abrazáramos a nuestros vecinos de asiento, y así me ahorre el tener que salirme del teatro a vomitar. Luego acabó, con una declaración de falsa modestia, en plan no se rían de Sísifo, que soy muy viejo y he visto muchas cosas y soy más listo que ustedes (es decir, que la autora del monólogo, Chus Gutiérrez, es más lista y más profunda que nosotros, pobres espectadores).

En fin, la semana que viene, más. Y espero que mejor.


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Fuentes de las imágenes: 1, 2 y 3.

viernes, 12 de agosto de 2011

Magris sobre la violencia



Dedicado a todos los que se dejan fascinar por la violencia, a los que la adornan con citas de pensadores y filósofos para volverla profunda y misteriosa. Como si matar a un hombre, por mucho que se aduzca que es consecuencia del sistema, fuera algo más que matar a un hombre.

La retórica de la transgresión presenta el crimen como si éste contuviera en sí mismo, tal vez por la infelicidad que se supone que le acompaña, su propia redención, sin necesidad de otra catarsis. La violencia se presenta como algo idéntico a la redención y parece instaurar una especie de inocencia entre las pulsiones. La mística de la transgresión, palabra envuelta en un énfasis edificante, se engaña exaltando el mal y despreciando todo tipo de moral; el tecnicolor sugestivo y tenebroso del Mal es más seductor que el sobrio blanco y negro del bien, y una obra que exalte la más mínima infracción es reverenciada con deferencia, como si bastara casi con disparar contra un amigo, como Verlaine a Rimbaud, para escribir los poemas de Verlaine.

Claudio Magris, El Danubio (cap. 2.15, "El Kitsch del mal")

miércoles, 3 de agosto de 2011

"El Danubio" de Claudio Magris (I)



Cuando leo un libro tengo la costumbre, supongo que compartida por muchos, de ir subrayando los pasajes que me interesan. Luego, en el vuelto de la última página del libro, anoto la página en la que aparecen esos pasajes, para poder volver a ellos cuando me apetezca. Generalmente suelen ser unos diez o quince en cada libro. Sin embargo, de cuando en cuando aparece alguno con el que no doy abasto. Es el caso de El Danubio, de Claudio Magris, en cuya lectura llevo sumergido varios meses. No es ni una novela, ni un libro de viajes, ni un ensayo, sino todos ellos y ninguno al mismo tiempo. No es un libro que se deje leer deprisa. Las avalanchas de datos eruditos, verdaderos y ficticios, sobre la civilización mitteleuropea y la enorme cantidad de reflexiones que contiene no permiten obrar de otra manera. También hacen que se corra el riesgo de llenar el libro de subrayados y notas. Por eso dejé de hacerlos a partir de la página 158 (tiene 370 exactamente). La literatura y el viaje como medios para ordenar los espacios en blanco de la vida; la fascinación que ejerce el mal; las relaciones entre ciencia y literatura, son algunos de los temas de que tratan y que me interesan especialmente. La cita del mes de mayo, en la columna izquierda del blog, está extraída de él. Pongo aquí otras dos más, a propósito de esos otros dos temas. La primera:


Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombre en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles adonde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por ese orden y ese ritmo de la nada.


La segunda está sacada del capítulo titulado El kitsch del mal, uno de los más brillantes de todo el libro, en el que Magris se dedica a demoler ese prestigio seductor y tenebroso que tiene el Mal, para dejar claro que detrás de las máscaras de bronce no hay nada más que indigencia intelectual y deseos de trascendencia. Así escribe a propósito de Mengele, uno de los más claros exponentes de esa fascinación, tan poderosa como vacua:

Mengele, en ese momento, está fascinado por la transgresión, la ejerce como una especie de culto, piensa que ilumina la vida cotidiana con una luz superior. Los actos que realiza son, además de atroces, de una extrema estupidez, son actos que todos podrían realizar y que él, en su ignorancia deslumbrada por el Kitsch, piensa en cambio que son acciones reservadas a unos pocos elegidos.


Una nota formal para acabar la entrada: El Danubio se divide en nueve secciones (cada una dividida en capítulos). Las tres primeras están dedicadas a Alemania. Las seis restantes, a los seis países que atraviesa, que atravesaba en 1986, cuando fue escrito, el río en su trayecto desde su fuente hasta el mar Negro: Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Estoy en Yugoslavia. Me quedan, calculo, un par de meses de lectura. Cuando llegue por fin al Delta es posible que vuelva a anotar algo.


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Fuente de la imagen, aquí.

lunes, 1 de agosto de 2011

HIC SVNT LEONES



Hic sunt leones, dijo el estudioso, satisfecho tras descifrar por fin la inscripción casi borrada por la erosión y el tiempo. Al día siguiente encontraron sus restos los cuidadores del zoológico.

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Fuente de la imagen: aquí.