martes, 26 de abril de 2011

Fragmentos de un viaje a Nueva York (y Washington D.C.)


a kosmos, of Manhattan the son


Turbulent, fleshy, sensual, eating, drinking and breeding


By God! I will accept nothing which all cannot have
their counterpart of on the same terms


Voices of the diseas'd and despairing


I do not press my fingers across my mouth


I believe in the flesh and the appetites


Vapors lighting and shading my face


A morning-glory at my window satisfies me more than
the metaphysics of books


The little light fades the immense and diaphanous shadows


* * *

Los textos están sacados de la sección 24 del Song of myself de Walt Whitman.

© de las fotos 2 y 7: Diego Colinas; 5 y 9: Rubén Pérez Rodríguez; el resto: José Pablo Barragán.



domingo, 24 de abril de 2011

Un fragmento de Walt Whitman




In vain were nails driven through my hands.
I remember my crucifixion and bloody coronation
I remember the mockers and the buffeting insults
The sepulchre and the white linen have yielded me up
I am alive in New York and San Francisco,
Again I thread the streets after two thousand years.
Not all the traditions can put vitality in churches
They are not alive, they are cold mortar and brick,
I can easily build as good, and so can you:—
Books are not men—

Walt Whitman, Leaves of grass


martes, 5 de abril de 2011

Propuesta didáctica


Anexos al tema 9 del Manual de literatura para caníbales, de Rafael Reig


Ejercicios prácticos



1. Analice el caníbal si se dan las condiciones necesarias para englobar a los autores nacidos entre los 60 y los 70 en una generación literaria con nombre de producto alimenticio. Pistas: compárese la obra de Agustín Fernández con la de Javier Calvo; compárense éstas a su vez con las obras de Almudena Grandes y Juan Manuel de Prada.



2. Apórtense argumentos a favor y en contra de las siguientes denominaciones para la generación de autores nacidos a finales de los 70 y principios de 80: Generación Democracia, Generación Erasmus, Generación Porno, Generación Facebook.



3. Lea el caníbal el ensayo Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo. Haga un listado de los nombres de filósofos, científicos y artistas citados en el libro. Conjeture cómo emplea el tiempo el autor para compatibilizar sus ocho horas diarias de trabajo en una clínica con la lectura crítica de las fuentes que utiliza.



4. Escoja el lector al azar un libro escrito por un autor de la Generación Erasmus (emplearemos este término sólo por comodidad, sin pretender condicionar al estudiante). Localice todas las referencias a canciones, películas, videojuegos y marcas comerciales que aparezcan en la obra. Calcule el número de páginas que un editor del siglo XXII tendría que añadir al libro en concepto de notas a pie de página.






Para saber más



Para comprender el potencial de la narrativa fragmentaria, léase Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo, La grieta, de Javier Fernández, y, sobre todo, Circular, de Vicente Luis Mora. No hace falta que se detenga demasiado en la novelística de la Generación Nocilla; si acaso, léase La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré. Sin embargo, se hace imprescindible la lectura de las novelas de Ricardo Menéndez Salmón y de los cuentos de Juan Bonilla. También respecto al cuento, aventúrese el estudiante al azar por las antologías preparadas por Andrés Neuman. De momento no es necesario que lea la prosa de los autores de la Generación Erasmus.


Léanse la poesía de Manuel Vilas y la de Jesús Aguado. Compárese con la de Javier Almuzara y Juan Antonio González Iglesias. Sumérjase el estudiante hasta los 1600 versos de profundidad en Construcción, de Vicente Luis Mora; si no se ahoga, volverá a zambullirse habitualmente en ellos. Préstese atención a los poemarios de Raúl Quinto y Mercedes Díaz Villarías. Si el estudiante es mujer, disfrutará leyendo a Ana Merino, Miriam Reyes y Vanesa Pérez-Sauquillo (sin perjuicio de que no pueda disfrutar también si es hombre). Si le gusta la poesía experimental, acérquese a los artefactos de Agustín Fernández Mallo y Mercedes Cebrián.


Para obtener una visión de conjunto de la llamada Generación Nocilla, lea detenidamente el estudiante el ¿ensayo? Mutatis mutandis, de Javier García Rodríguez. Si le interesa, en cambio, un panorama de la situación de la poesía española en el cambio de siglo, hágase con Singularidades: ética y poética de la literatura española actual, de Vicente Luis Mora. Deséchese, en cambio, la obra ensayística de Fernández Mallo y, en menor medida, la de Eloy Fernández Porta. Si, pese a esta advertencia, el estudiante insiste en abordarla, lea antes Imposturas intelectuales, de Alan Sokal y Jean Bricmont; le será de ayuda para encontrar algo de grano entre la paja.


* * *


Fuentes de las imágenes, aquí y aquí.


sábado, 2 de abril de 2011

"Verano" de J.M. Coetzee



Desde un punto de vista literario, los europeos de hoy somos muy similares a los griegos de la época imperial: pensamos que seguimos en la época de Sófocles y Safo y que el resto del mundo es la barbarie, y no nos damos cuenta de lo que Horacio y Virgilio están haciendo en Roma. Quizá la expresión prototípica de esa actitud se encuentre en la Academia Sueca, el tribunal que decide a quién dar el Premio Nobel. Por supuesto, a los escritores hay que juzgarlos por sus obras, no por sus premios, pero no se puede negar que estos tienen su influencia entre el gran público y que incluso se pueden considerar como una especie de termómetro del ambiente literario en que se otorgan. Un ambiente que, en el caso del Nobel, es de una autocomplacencia sonrojante. Horace Engdahl, el portavoz de la Academia Sueca hasta hace un par de años, llegó a decir que «Europa es el centro del mundo literario». De los Estados Unidos de DeLillo y Foster Wallace dijo que son «demasiado insulares e ignorantes» y que «no participan en el gran diálogo de la literatura». Del resto del mundo suponemos que ni siquiera tiene opinión. Afortunadamente, a veces tienen un momento de lucidez y deciden darle el Nobel a alguno de esos gigantes literarios de los nuevos mundos, en lugar de a los atormentados (y atormentantes) enanos (centro)europeos de costumbre.

Hago esta reflexión a propósito de J. M. Coetzee, uno de esos monstruos literarios no europeos, cuyas novelas Verano y La edad de hierro he estado (re)leyendo últimamente. De La edad de hierro hablé ya un poco aquí, así que me centraré en decir un par de cosas sobre Verano.

Verano es la tercera parte de la autobiografía de Coetzee. Cubre unos pocos años de la vida del Coetzee ficcional, desde que vuelve a Sudáfrica a comienzos de los 70 tras un prolongado autoexilio en Inglaterra y Estados Unidos, hasta la muerte de su padre. En lugar de usar la forma de novela autobiográfica, como en Boyhood y Youth, Verano es una recopilación de materiales en bruto recogidos por un erudito académico que prepara una biografía del famoso escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, recientemente fallecido. El grueso de esos materiales en bruto lo constituyen cinco entrevistas a otras tantas personas claves para la vida de Coetzee en esos años, pero en cuyas vidas él fue bastante marginal: una vecina con la que tuvo un affaire, una prima de la que estuvo enamorado en la infancia y que es la única persona de su familia a la que/que le aprecia, una impetuosa bailarina brasileña de la que se enamora pero que le desprecia, un estudioso que compitió con él por un puesto de profesor universitario, y una compañera de departamento con la que estuvo liado una vez que consiguió entrar en la Universidad.

Lo que resulta intrigante es que en ningún momento se centra en su labor como escritor. Apenas hay una referencia de pasada a la publicación de Tierras de poniente (1974). Tampoco hay demasiadas reflexiones sobre la literatura. Eso es tremendamente extraño en un escritor. El propio Coetzee es consciente de ello y hace que los entrevistados repitan frases como me parece extraño que escriba la biografía de un escritor dejando de lado su obra.

Entonces, ¿de qué trata Verano? Fundamentalmente, de la soledad. De la soledad de Coetzee, un treintañero fracasado, tímido de un modo enfermizo, absolutamente incapacitado para las relaciones personales. De la soledad de su padre, uno de esos hombres chapados a la antigua a los que la muerte de la esposa deja en la indigencia, condenados a una vida de sábanas sin cambiar y comida de lata, que además tiene que convivir con un hijo que se marchó de casa y del país a los dieciocho, cortando todo contacto con la familia, y que, pasados los treinta, vuelve a casa con el rabo entre las piernas. De la soledad, en fin, de las mujeres que pasan por la vida de Coetzee: amas de casa atrapadas en matrimonios sin amor, inmigrantes perdidas con sus hijas en un país hostil, profesoras vulnerables después de un divorcio difícil; mujeres necesitadas de un hombre fuerte al que aferrarse, pero que se encuentran frente al amor de un treintañero débil y retraído que no ha dejado aún de ser un adolescente.

Uno de los riesgos que corre un escritor al tratar la soledad es el de caer en el sentimentalismo, algo que Coetzee evita con la sobriedad y contención que le son propias, demostrando además su enorme capacidad de introspección intelectual, que es, en mi opinión, lo que hace de Coetzee un escritor enorme, al que merece la pena leer. Y Verano es una buena forma de empezar.

***

La foto, que está sacada de aquí, muestra una casa unifamiliar de los suburbios de Ciudad de El Cabo. No muy diferente, creo yo, de aquella en la que el Coetzee de Verano vivía con su padre.