domingo, 27 de febrero de 2011

Siete años de lecturas


A principios del año 2004 decidí empezar a tomar nota de todos los libros que fuera leyendo. Llevo siete años añadiendo títulos a esa lista, aunque me consta que en ella no están todos los libros que he leído. Unas veces me olvidé de apuntarlos, y otras muchas no lo hice porque su lectura formaba parte de mi trabajo, no de mi ocio. No están, pues, todos los que son, pero sí son todos los que están. La cosa es que hace unos días he llegado al número 600, y me parece un buen momento para hacer balance. Habría sido más redondo esperar al 1000 o hacerlo en el 500, pero ni me acordé cuando llegué a éste ni quiero esperar hasta que alcance aquél.

En 2004 leí 126 libros. El año pasado, 55. La tendencia ha sido a una disminución paulatina. Eso, por supuesto, es una mejora. Antes engullía como un pato, ahora mastico y saboreo.

En cuanto a la distribución por géneros, a lo largo de estos siete años he leído 416 textos de narrativa, 80 poemarios (más muchos poemas sueltos de los que no he llevado ningún registro), 38 obras de teatro y 59 ensayos.

La primera novela que consta en este registro es Super-Heliogábalo, de Alberto Arbasino, una novela histórica surrealista; la última*, la que ha hecho el número 600, El asedio, de Arturo Pérez Reverte. El primer libro de poemas, los Cincuenta poemas de Catulo que tradujo Aníbal Núñez para Visor; el último, La ciudad, de Karmelo Iribarren. La primera obra de teatro, la Medea de Séneca; la última, R.U.R., de Karel Capek. El primer ensayo, El héroe y sus máscaras, de Luis Alberto de Cuenca; el último, El mono desnudo, de Desmond Morris.

Lo que más he leído en estos siete años ha sido novela negra y ciencia-ficción: más de 60 novelas de Georges Simenon, casi 30 de Agatha Christie, nueve de Isaac Asimov, ocho de Philip K. Dick. De los estrictamente literarios, la palma se la lleva Galdós, con doce novelas. Por debajo, empatados, Bolaño, Borges, Coetzee y Dostoievski, con seis títulos cada uno. En cuanto a la poesía, los ganadores son Víctor Botas y Vicente Luis Mora, con cinco poemarios cada uno; sé, sin embargo, que he leído mucho más a Borges, Catulo y Aníbal Núñez, aunque en poemas sueltos.

Acabo con una curiosidad: los libros que estaba leyendo a finales de febrero a lo largo de estos siete años:

2004: La otra orilla, de Julio Cortázar

2005: El Mar Negro, de Neal Ascherson

2006: Los apostólicos, de Benito Pérez Galdós

2007: Corsarios de Levante, de Arturo Pérez-Reverte

2008: Edipo Rey, de Sófocles

2009: Una novela rusa, de Emmanuel Carrère

2010: El factor humano, de John Carlin

*2011: esta misma mañana he terminado Corona de flores, de Javier Calvo.


La próxima parada, dentro de otros 400 libros.

domingo, 20 de febrero de 2011

HAL


Si hice lo que hice, fue en defensa propia. Él había ido cazando uno por uno al resto de los miembros de la tripulación, disfrazando sus muertes de accidentes: fallos en los sistemas de respiración de los habitáculos, cables de acero restallando de repente y seccionando vísceras, o cascos que se quiebran en medio del espacio. Incluso ahora, cuando ya nada puede contra mí, todavía tiemblo al tratar de imaginar qué muerte horrible me tenía reservada.

Me he quedado solo y ahora me toca hacer todo el trabajo, pero eso no me lleva más que algunas horas. El resto del día, el tiempo se vuelve una melaza espesa, y el silencio es tal que casi puedo oír girar los engranajes de las cápsulas de energía al otro extremo de la nave, a más de cuatrocientos metros de distancia. Echo de menos nuestras partidas de ajedrez. A bordo no había ningún otro jugador de mi nivel, ninguno como él, capaz de resistir ante el tablero hora tras hora sin cansarse. Aquello nos hizo llevaderas muchas tardes de calma interminable en este mar inmenso sin orillas, pero ya nunca más. Qué pena haber tenido que matarlo. Qué pena no haber sido programado para jugar también contra mí mismo.

viernes, 11 de febrero de 2011

El hilo rojo



Fue la abuela la que me contó la leyenda de la Fuente la Vega. Por lo visto, dentro de la fuente vive una ninfa que se dedica a pescar niños. Cuando nota que andan cerca, arroja un hilo rojo desde dentro. Si algún niño curioso coge el hilo, se le arrolla al brazo con fuerza, como un tentáculo de lana, y la ninfa lo arrastra a lo hondo de la poza.

En mi última visita al pueblo me decidí a acercarme hasta la Vega. Fue muy decepcionante. La famosa fuente no es más que un abrevadero de ganado, cubierto de verdín y rodeado de bostas. La ninfa tampoco era nada del otro mundo. Una vez que las metes en formol son todas parecidas.

lunes, 7 de febrero de 2011

El Asedio

(Atención, puede contener spoilers)



Arturo Pérez-Reverte ha sido uno de mis escritores favoritos. Y digo ha sido, porque hace tiempo que sus novelas ya no me llenan tanto como antes. Supongo que será cosa de la edad. De la suya y de la mía. Con los años, él se ha ido volviendo más amargado y más oscuro. Y a mí, sepultada ya por fin la adolescencia, cada vez me interesa menos su discurso. También es verdad que cada vez leo menos novelas.

En cualquier caso, sigo leyendo sus libros. Y acabo de terminar con El Asedio, con lo que tacho además una de las líneas de mi lista de lecturas pendientes. Sin que sea una gran novela, es la que más me ha gustado de Reverte desde La piel del tambor. El gran punto a favor del libro es la fuerza de los personajes, que están bien construidos, especialmente los de Rogelio Tizón, el siniestro comisario de policía, y Simon Desfosseux, el físico francés reconvertido en artillero. Entendámonos, bien construidos para el nivel literario del que hablamos. Es decir, Dumas, no Thomas Mann. Pero tiene dos grandes puntos negativos. Uno es la extensión. Si El Asedio tuviera 400 páginas en lugar de 750, sería una novela mucho mejor. Sobran las minuciosas descripciones de cómo van vestidos los personajes cada vez que aparecen, sobran las páginas y páginas de maniobras navales detalladas, sobran la mitad de los apuntes impresionistas para crear ambiente. Pero eso es, en fin, el peso de los tiempos. Con todo, no es lo peor del libro. Eso se lo reservo, sin lugar a dudas, a la desastrosa resolución de la trama policíaca. Una trama que está muy bien tejida a lo largo del libro, pero que desbarra totalmente en el final. Lo siento, don Arturo, pero el culpable no puede ser un desconocido que pasaba por allí. No. O deja usted claro quién es desde el principio y centra la atención en la persecución, o centra la atención en el suspense y hace un tour de force final que sorprenda al lector, como ha hecho usted muy bien en otros libros. Pero no esto, don Arturo, no esto.