jueves, 29 de diciembre de 2011

Las lecturas de 2011

Un año más, al igual que en 2009 y 2010, cuelgo aquí una pequeña entrada sobre los libros más interesantes/llamativos/recomendables que he leído este año.  A ver si el señor Supiot, que fue el que me metió el gusanillo de hacer estas cosas, se anima este año también y así de paso le da un poco de vidilla a su blog, al que tiene un poco abandonado últimamente.  


En cuanto a la narrativa, el puesto más destacado es sin duda para Verano, la tercera parte de la autobiografía novelada de J.M. Coetzee.  No me extiendo en explicar de qué trata el libro, porque ya hice una reseña en su momento, que podéis encontrar aquí.  También hice ya un par de anotaciones (ésta y ésta) sobre la otra gran novela (por así llamarla) que he leído este año, El Danubio, de Claudio Magris, y podía haber hecho muchas más, porque da para ello, pero no era cuestión de convertir el blog en un monográfico sobre el italiano.  También he leído Los detectives salvajes, la novela que se supone, junto con 2666, el opus magnus de Roberto Bolaño.  En ella se narran, a través de múltiples personajes, las aventuras de dos letraheridos afincados en el México de los 70, Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes, que se lanzan a la búsqueda de una  poetisa mexicana cuasi-mítica, Cesárea Tinajero, en una búsqueda que se prolonga durante veinte años por México, Estados Unidos, Israel, España y varios escenarios más.  He de decir, sin embargo, que me ha gustado menos que otras obras de Bolaño, como Estrella distante o La literatura nazi en América.  Por último, y aunque sólo sea por lo que tiene que ver con la génesis de mi próximo y homónimo libro, tengo que hablar de La Nave, de Tomás Salvador, cuya relectura estoy acabando en estos días.  La Nave es la primera novela española de ciencia-ficción y, para mi gusto, una de las mejores que conozco.  La cosa es como sigue: en el siglo XXIV, la humanidad lanza al espacio una enorme nave con más de 3000 tripulantes, con la intención de establecer colonias en otros mundos.  Sin embargo, la nave se sale de la ruta programada y queda vagando perdida en el espacio durante 700 años.  A lo largo de esos siete siglos y como consecuencia de una serie de revueltas, la civilización sufre una enorme regresión y los tripulantes acaban viviendo como hombres del medievo dentro de la maravilla científica que es la Nave.  En ese momento comienza la novela, que narra la historia de Shim, un hombre al que su deseo de conocimiento acaba condenando a ser expulsado desde las cubiertas superiores de la Nave, donde aún reina la civilización, hasta las oscuras cubiertas inferiores, donde viven los primitivos y misteriosos whit.


En poesía, me quedo con un único libro: Sobre unas ruinas encontradas, de Pablo López Carballo.  Un libro magnífico, volcado en la reflexión sobre la propia poesía y el hecho creativo en general, y que trata constantemente de salvar el abismo que hay entre las ideas y el lenguaje, desde la profunda consciencia de que es una tarea imposible.


Acabo con dos recomendaciones en el campo del ensayo.  La primera, Proust y la neurociencia, de Jonah Lehrer.  La tesis del autor, un joven neurocientífico dedicado a la divulgación, es que determinados artistas han sido capaces, por medio de una extraordinaria combinación de pensamiento e intuición, de hacer importantes descubrimientos que mucho después han sido certificados por los científicos.  Por ejemplo, Marcel Proust, por medio de la profunda reflexión a la que tuvo que entregarse para componer En busca del tiempo perdido, habría anticipado algunas de las teorías que actualmente se manejan para explicar los mecanismos neurológicos que se ocupan de la memorización.  Especialmente interesantes son los capítulos dedicados a la "revolución" musical de Stravinski y a los experimentos literarios de Gertrude Stein, porque explican la necesidad de que surjan periódicamente movimientos de vanguardia que obliguen a nuestras neuronas a reajustarse y que permiten que las artes se renueven.  En cualquier caso, y aunque no estoy muy de acuerdo con sus tesis, me parece que este libro es un ejemplo del camino de acercamiento a y colaboración con la ciencia que deberían tomar los estudios literarios en España, en lugar de seguir revolcándose en fangales oscurantistas y pseudocientíficos.  La segunda recomendación, y con esto acabo, es The Better Angels of our Nature, del psicólogo y lingüista Steven Pinker, en cuya lectura aún estoy metido.  Se trata de una controvertida historia de la violencia cuya principal tesis es que, en contra de lo que pueda parecer, vivimos en el menos violento de todos los mundos sucesivos en que ha vivido la humanidad desde sus orígenes.  No me extiendo más sobre ella, porque cuando la acabe tengo previsto dedicarle una entrada en Aquí fue Troya, el blog de divulgación histórica en el que colaboro y que os invito a visitar.

¿Y qué habéis leído vosotros?

viernes, 9 de diciembre de 2011

"La Nave" zarpa



Tengo el placer de comentar que el año que viene saldrá a la calle mi segundo poemario, La Nave, gracias a la labor de Ana Santos y Pedro J. Miguel, responsables de la editorial El Gaviero.  Está bien, Lugares comunes ya empezaba a sentirse solo, ahí en su rincón de la columna.  

La Nave es un poemario dedicado a la ciencia-ficción, una de mis obsesiones literarias.  Hace ya tiempo, al poco de iniciar este blog, publiqué aquí algunos de los poemas que la forman.  Recupero ahora uno de ellos, que es además el poema que abre el libro:


Las islas 

El precio de ser libre es estar solo 

Da igual tratar de amor o de política 

Por eso nos exilian Apartadas
 estas islas de todo son el último 
refugio para el hombre que desprecia 
la unánime avenencia del cardúmen
 la placidez calcárea del coral 

Estas islas que son remotos ángulos 
encajonados entre los glaciares
 que rugen desgarrándose y la toba 
volcánica ya fósil Estas islas 
donde llueve a diario y hace frío 
y hay poco de qué hablar y sólo a veces 
si la carne lo exige nos amamos 
con furia y silenciosos Estas islas 


Los otros cuatro que colgué son: 1984, Trafalgar Square, Habitación 101 y La garra del raptor.  El resto, en la versión impresa, que ya que el libro es cortito no voy a destriparlo todo aquí.

martes, 18 de octubre de 2011

Un soneto de Shakespeare



Soneto I


De lo que es bello ansiamos la simiente,
la rosa de hermosura, que no muera,
que cuando se marchite finalmente
lleve en sí su memoria su heredera.


Mas tú, en tus claros ojos concentrado,
en ti un fuego alimentas de tus venas,
llevando el hambre al silo más colmado,
tú mismo tu enemigo, por ti penas.


Tú que eres hoy adorno de las tierras
y anuncias solo la estación florida,
en carne propia tu semilla entierras
y te haces polvo a fuerza de ahorrar vida.


Apiádate del mundo: que tu rosa
no la devores tú, sino la fosa.




* * *


Versión de José Pablo Barragán.  El original, aquí.

viernes, 14 de octubre de 2011

Cámara de gas



Al principio fue algo breve y nebuloso, más cercano al tacto o al olfato que a la vista.  De pronto, subiendo la escalera, un peso terrorífico en las manos, como si en lugar de fruta y mortadela hubiera piedra y yunques en las bolsas de la compra, y luego un gusto a barro y sangre seca al fondo de la lengua.  O, en el trastero, sentir durante dos o tres segundos las manos atadas a la espalda y un agua helada hiriendo los tobillos.

Después se fue volviendo más preciso, más largo, más frecuente.  Recuerdo el coche convirtiéndose en un tren, la ventanilla en un hueco entre dos tablas, la calle y los semáforos en los campos helados de Polonia.  Por fin irrumpió en casa: mi cuarto se fue haciendo un barracón, mi cama una litera compartida con seis presos escuálidos.

El último lugar ha sido el baño.  Mañana, cuando encuentren mi cuerpo en la bañera, dirán que fue un desmayo y que me ahogué.  Y no podrán saber, como yo sé, que no va a ser el agua lo que anegue mis pulmones, ni la pera de mi ducha la que miren mis ojos antes de nublarse.

lunes, 10 de octubre de 2011

Un poema de Luis Bagué




De construcción


                                         The deconstruction appeals to no higher
                                         logical principle or superior reason
                                                                                        Jonathan Culler


                                         Exegi monumentum aere perennius
                                                                                              Horacio




Cuando la arquitectura de los sueños
ha producido monstruos de hormigón,
es preciso mudarse de metáfora
(ya que no de paisaje)
y recorrer los tópicos
que intuye la experiencia
y que el amor confirma:
cimentar las ideas, amueblar
las palabras
y empezar a vivir por el tejado.
Quisiéramos también
edificar la historia,
ladrillo tras ladrillo,
y levantar la casa de la edad.


Habitarla
apenas cuesta nada.
                                         Un solo verso
o, como mucho, dos:
construir un monumento
que no destruya el tiempo ni el cemento.




Luis Bagué, Página en construcción, Visor, Madrid 2011


* * *


Esa rima final, y en consonante ...


La foto está sacada de aquí, cuarta parte de una serie dedicada a la arquitectura de pesadilla.

jueves, 6 de octubre de 2011

La oreja de San Pedro y la reunión del Sanedrín



Copio de la solapa: «La parte principal de Gesta Romanorum, poemario de estirpe elotiana, recompone los últimos días de la vida de Cristo desde la perspectiva de los personajes que la habitaron.»  

Siempre me han gustado las microrreconstrucciones históricas en los poemas, como las que hacen Eliot y Cavafis.  Por eso compré Gesta Romanorum, con la certeza casi total de que me gustaría.  Así es, efectivamente, al menos con los poemas que he leído.  No puedo decir lo mismo, sin embargo, de la traducción.  La cosa iba por el buen camino hasta que llegué al tercer poema del libro, titulado Meditazione nell'orto, donde me encuentro con esto:

E l'orto non ancora invaso, l'orecchio ancora saldo,

que queda traducido como:

Y el huerto aún non invadido, el oído todavía resistente,

¿El oído todavía resistente?  ¿No se referirá más bien l'orecchio a la oreja del soldado, la que Pedro corta con su espada cuando vienen a prender a Jesucristo?  Bueno, me digo, será algún juego de palabras italiano que yo no entiendo.  Pero cuatro versos más abajo el voto de confianza que acabo de dar al traductor salta en pedazos:

far le prove con Anna e con Pilato,

que traduce como:

hacer pruebas con Ana y Pilatos,

¿Con Ana?  Y quién será Ana, me pregunto.  Y me paso un rato dándole vueltas a la cabeza tratando de descubrir quién es Ana, pensando que, joder, no hace tantos años del colegio de monjas y las clases de religión y que debería acordarme.  Hasta que se me enciende una bombillita en la cabeza y una visita a la Wikipedia italiana confirma mis sospechas.  Anna es Anás, uno de los sumos sacerdotes del Sanedrín, junto a Caifás, que condenaron a muerte a Jesucristo.  ¿Cómo es posible traducirlo como Ana?  Me da que aquí no hay juegos de palabras que valgan.  Es, a todas luces, un error muy grave: alguien que traduce un poemario sobre los últimos días de Cristo debería tener unas mínimas nociones de historia sagrada.  


En fin, quiero pensar que ha sido un error de corrección, porque me consta que a veces los correctores se pasan de listos y dejan mal a los autores de los libros.  Si no lo es, es un error muy grave, que echa por tierra lo que, por otro lado, es una edición físicamente magnífica, de una editorial, Vaso Roto, a la que habrá que tener muy en cuenta en el futuro.

domingo, 2 de octubre de 2011

Un poema de Giovanni Raboni



Timori della Maddalena
Ho paura del legno e della rupe,
ho paura del corpo, del nervo lacerato,
dei tendini recisi, ho paura della luce,
ho paura del sasso che chiuderà la tua porta,
ho paura del vento e delle voci, ho paura
del corvo che ti mangerà, ho paura del lupo
che troverà le tue ossa, ho paura
che tu sia morto e tutte le notti
avrò paura che tu mi baci di gelo
e mi tiri i piedi sotto il lenzuolo.


Temores de la Magdalena
Tengo miedo del leño y de la roca,
tengo miedo del cuerpo, del nervio lacerado,
de los tendones rotos, tengo miedo de la luz,
tengo miedo de la piedra que cerrará tu puerta,
tengo miedo del viento y de las voces, tengo miedo
del cuervo que te coma, tengo miedo del lobo
que encontrará tus huesos, tengo miedo
de que estés muerto y cada noche
tendré miedo de tus besos helados
y de que me tires de los pies bajo la sábana.




Giovanni Raboni, Gesta Romanorum, Vaso Roto, Madrid—México 2011.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Once metros



Y entonces, justo entonces, justo antes de que las puntas enguantadas de tus dedos se estiren hasta el límite, justo antes de que rocen el balón apenas de pasada pero lo suficiente como para hacer que éste se desvíe y que se estrelle contra el poste, entonces, justo entonces, comprendes que todo esto ya ha pasado, que no estás ya debajo del larguero, que el cuero dirigido hacia tu cuerpo ya no es cuero, sino plomo, que, en fin, no va haber forma de que puedas parar este último disparo.

* * *

Me sigue costando mucho escribir prosa (literaria, se entiende, la académica me sobra).  Trato de escribir relatos, pero sólo me salen los finales, que a veces funcionan muy bien como microrrelatos.  Éste en particular es el final para un relato inspirado vagamente en otros dos de Borges («El milagro secreto») y Bonilla («Saltador de altura»), y situado en el llamado «Partido de la Muerte»un episodio de la II Guerra Mundial en el que se entremezclan la épica y el fútbol, y en el que John Huston basó su película Evasión o victoria (1981).

sábado, 24 de septiembre de 2011

¿Qué quiere decir «nuevos poetas»?

Sigo con El Danubio.  Es un libro alucinante.  Podría colgar aquí un fragmento cada día.  Como éste, a propósito del resurgimiento de la poesía yiddish en Rumanía a principios de los 80, pero perfectamente apropiado para recordar, hoy que las antologías de jóvenes poetas surgen como churros, que la juventud no otorga un valor añadido a la poesía:
La literatura yiddish en Rumanía es hoy singular; buena parte de los judíos —y entre ellos también los escritores— han abandonado el país y los pocos que quedan son en su mayoría ancianos.  «Tenemos nuevas fuerzas —me dice sonriendo Bercovici, mostrándome la revista literaria yiddish—, nuevos poetas.  Es posible que comiencen a escribir un poco tarde, no tienen prisa por descubrir su propia vocación; este de aquí, por ejemplo, es un debutante de setenta y nueve, este otro, que ahora ya está en su segundo libro de poemas, publicó el primero a los setenta y seis años.» 
No se trata, en la mayoría de los casos, de efusiones sentimentales y patéticas, de esa segunda adolescencia literaria que arrebata a veces a los viejos ya próximos a la poesía del testamento.  Los poemas son sobrios y sutiles, desprovistos de pathos epigonal, demuestras conocimiento y dominio de las aventuras formales contemporáneas.  ¿Qué quiere decir «nuevos poetas»?

martes, 20 de septiembre de 2011

viernes, 16 de septiembre de 2011

Sobre librerías y supermercados

Las librerías y los supermercados tienen algo en común: me tranquilizan.  Algo debe de haber en sus pasillos, algo en la sucesión de los estantes que hacen que me sienta seguro estando en ellos.  También son un remedio para los ataques ocasionales de melancolía, de soledad.  Eso es especialmente cierto cuando uno pasa largas temporadas lejos de casa.  Con las librerías está claro, ya se sabe: un lector nunca está sólo del todo si está entre libros.  Con los supermercados (y cuánto más grandes, más) también me ocurre, pero tengo menos claras las razones.  Quizá sea el hecho de que siempre hay gente pululando en ellos.  Quizá, y es más probable, sea simplemente que me gustan la comida y la cocina y que, por tanto, sea feliz vagando durante horas entre estanterías repletas de comida.

El problema es que, una vez que estás dentro, es muy difícil marcharse sin llevarse algo entre manosAl final resulta que es un remedio caro, pero uno puede consolarse en la idea que mucho más caro es un psiquiatra.  Precisamente ayer tuve ocasión, una vez más, de comprobarlo, cuando entré a curiosear en una librería del centro y salí con tres libros de la mano: dos poemarios y un ensayo.




De 28010, de Marta Agudo, había leído una reseña en Revista 330 ml.  No conocía las Gesta romanorum, de Giovanni Raboni, pero, con ese título, qué latinista que se precie va a resistirse a, por lo menos, hojearlo.   Y El precio de la culpa, de Ian Buruma, servirá para alimentar mi obsesión por el Tercer Reich y el Holocausto (ya son cerca de treinta los libros sobre el tema en mi biblioteca particular, y siempre tengo alguno más en mente ...).

* * *

También fui al Mercadona, pero no es cuestión de glosar aquí mi lista de la compra: esto todavía pretende ser un blog sobre literatura, aunque se me ocurre que podría coger las frutas y verduras que compré, cortarlas en rodajas milimétricas y escanearlas, escanear también el ticket de la compra, subir después aquí esas láminas finísimas, vidriosas, coloridas, buscarles un título adecuado, y hacer, en fin, con ellas, un poema postpoético.  La poesía, ya se sabe, está por todas partes. 

martes, 6 de septiembre de 2011

"Mono y esencia" de Aldous Huxley



Nos encontramos en Hollywood, unos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Un par de artistuelos de poca monta encuentran un guión de cine desechado y se disponen a leerlo. Hasta aquí la ficción introductoria, el Cide Hamete Benengeli particular de esta obra. A partir de ese momento comienza verdaderamente Mono y esencia: El mundo ha quedado destruido por una guerra nuclear y sólo Nueva Zelanda se ha salvado. Muchos años después, en el 2018, los neozelandeses mandan una expedición exploratoria a California, donde encuentran una tierra asolada y una sociedad tribal organizada en torno al culto a Belcebú y al Proletariado, una sociedad regida por sacerdotes en la que el sexo y el amor están penados con la muerte para evitar los nacimientos de mutantes, excepto durante una «época de celo» en la que todo se convierte en una orgía. En ese mundo queda atrapado uno de los investigadores neozelandeses, y en él encontrará el amor junto a una jovencísima nativa. El guión acaba con la huida final de los protagonistas en busca de una tierra donde la recompensa de su amor no sea una lapidación pública.

Por si fuera poco, el relato está aderezado con un narrador enloquecido y unos coros en los que unos mandriles antropomorfizados maltratan, apalean y esclavizan a varios Albert Einstein vestidos con harapos. Me pregunto qué es lo que podría hacer Terry Gilliam con un argumento semejante.

En algún sitio leí que esta novela era una distopía más perturbadora que Un mundo feliz. No estoy de acuerdo. Es más, niego la mayor. Mono y esencia no es una distopía, es una pesadilla de ácidos. Y como tal es fragmentaria, incoherente e irracionalmente terrorífica. Y precisamente por eso es menos espantosa que Un mundo feliz. Porque no es sorprendente que los bárbaros sean bárbaros. Lo que de verdad hiela la sangre, en cambio, lo que resulta del todo incompatible con la condición humana, es la muerte limpiamente burocratizada. No el salvaje que quiere matar enemigos, beber su sangre y escuchar el llanto de sus mujeres, sino el tipo gris y aburrido que organiza en su oficina los horarios de los trenes que acaban en los campos de concentración. No Mono y esencia, sino Un mundo feliz.

martes, 30 de agosto de 2011

De vuelta de Atenas



De la mutilación de las estatuas
a veces surge la belleza, de los
capiteles truncados cuyo acanto
cayera en la maleza entre el acanto
—réplica en viejo mármol de un verdor sorprendido
por la primera lluvia que conoce—: posible
perfección del azar que nada tiene
que hacer para ser símbolo de todo
lo que se quiera


Aníbal Núñez, Definición de savia

* * *

La foto es mía. Un cúmulo de ruinas en el Ágora Romana, Atenas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Un fragmento de Lucrecio



Aunque no me molesta especialmente la visita del Papa (es decir, no me molesta más ni menos que otros saraos organizados con dinero público, como el Orgullo Gay, los festivales de música o las manifestaciones del 1º de mayo), me parece una buena ocasión para colgar uno de los fragmentos de mi planeada y, por desgracia, casi completamente detenida traducción del De rerum natura de Lucrecio. El texto que he elegido, como no podía ser menos, es el famoso «Elogio de Epicuro» (I.62-79):

Elogio de Epicuro

Los hombres se arrastraban torpemente
por tierra, derrotados bajo el peso
terrible de la Fe, que desplegaba
su rostro amenazante entre las nubes,
buscando horrorizar a los mortales,
cuando un hombre de Grecia fue el primero
que osó desafiarla y que sostuvo
con sus ojos mortales su mirada.
Ni la fama divina, ni los rayos,
ni el cielo con bramido amenazante
pudieron detenerlo, sino que
más fuerte espolearon su deseo
de hacer saltar los goznes de las puertas
del Mundo Natural por vez primera.
Su espíritu venció, vívida fuerza
que, yendo más allá de las murallas
de fuego de este mundo, recorrió
el Todo inmensurable, en mente y alma.
Y desde allí nos muestra, victorioso,
qué nace, qué no nace, en fin, las leyes
que dan poder y límite a las cosas.
De modo que la Fe yace rendida
y el hombre, vencedor, asciende al cielo.

He traducido religio como «Fe», aunque de sobra sé que no es ése su significado exacto (tampoco es «religión», si no más bien una mezcla entre ésta y la mera superstición, pero no vamos a entrar aquí en discusiones filológicas). Lo traduzco como «Fe», digo, porque se ajusta más a mi ideal de escepticismo científico, porque de nada sirve haber dejado de creer en Dios si se sigue creyendo en el horóscopo, la homeopatía o el psicoanálisis.

Quiero concluir el post dejando unos enlaces que remiten a las obras de los imprescindibles Bertrand Russell, Richard Dawkins y Daniel Dennet, que son un ejemplo a seguir para los que pensamos que el ateísmo se defiende escribiendo obras serias y rigurosas, no disfrazándose de obispo para sacar en andas a la virgen de las bragas prietas.

* * *

Fuente de la imagen (un busto de Epicuro): aquí.

domingo, 14 de agosto de 2011

Crónicas emeritenses (I)



6.7.2011

En Mérida, un par de días, de paso hacia Matalascañas. A la vuelta, la próxima semana, veremos el estreno de Antígona. Hoy por la noche hemos estado en la Alcazaba. En uno de los esquinazos de su patio han levantado dos gradas que encuadran un pequeño escenario sobre el suelo de tierra de la fortaleza. Allí hacen algunas actividades paralelas a las representaciones del teatro romano. Hoy hay monólogos, pero también se hacen conciertos.

Los monólogos dramáticos tienen un problema muy grande. Cualquiera que esté acostumbrado a asistir a reuniones y conferencias sabe que el máximo de tiempo que se presta atención a una única persona que habla es de unos veinte o treinta minutos. En el caso del teatro, o eres Shakespeare o Calderón o tienes muy difícil crear un texto para ser interpretado por una sola persona que pase esa prueba. Ese es, desgraciadamente, el caso de los dos monólogos que hemos visto esta noche, cada uno de unos cuarenta minutos.



El primero, titulado Calpurnia pisonis (sic, en minúscula), trata de las vivencias de Calpurnia, mujer de César, el día de su asesinato. Lo interpretaba Emma Suárez. El texto era muy lírico, lleno de imágenes poéticas potentes, y precisamente por eso inapropiado para un monólogo de cuarenta minutos de duración. Eso no lo soporta nadie. La interpretación estuvo bien, aunque algo sobreactuada en ocasiones. Lo mejor, sin duda, poder tener a seis metros a Emma Suárez, por quien siempre he tenido debilidad, y que a sus cuarenta y cinco sigue estando impresionante.



El segundo, El instante del absurdo, pintaba mucho peor. Mis referencias del actor, Roberto Álvarez, no eran demasiado buenas: sólo lo conocía por haber hecho de marido de la Obregón en Ana y los siete. El tema, las reflexiones de Sísifo sobre la condición humana, hacía esperar una sesión de catequesis, y yo ya tuve suficientes en los colegios de monjas en los que estudié. El caso es que no empezó mal la cosa. El tono de la obra, su vocabulario, eran mucho más ligeros que los de la anterior, mucho más apropiados. Las palabras estaban muy bien escogidas, sin anacronismos ni términos que chirríen para como se espera que hable un habitante del mundo antiguo. La interpretación, más natural que la de Emma Suárez, y llena de esas falsas improvisaciones que hacen los buenos oradores, me sorprendió gratamente. Y la cosa fue bien durante unos diez minutos, mientras Sísifo relató su vida y sus hazañas: cómo engañó a Zeus, cómo burló a Hades y a la Muerte, cómo fue finalmente aprehendido y condenado. Y entonces el momento fatídico: Sísifo se puso a canturrear una canción de Bob Marley. Mi gozo en un pozo. A partir de ahí todo fue a peor. Comenzó la homilía, llena de lugares comunes y reflexiones simplistas que se pretendían hacer pasar por pensamientos profundos: que qué mal está el mundo, que es que hay mucha droga, que Sísifo es el proletario de los dioses y llora cuando ve sufrir al Pueblo (dioses, cuántas fosas comunes más tenemos que ver para que desterremos de una puta vez los abstractos de la política, cuántos campos de concentración para olvidarse de las naciones, los pueblos, las identidades culturales...). Miren, el problema de tener como máximo referente cultural a Bob Marley es que decimos cuatro obviedades y tres simplezas y nos pensamos que hemos escrito la Etica a Nicómaco. Y ése es el problema que tiene una gran parte del autodenominado «mundo de la cultura» (vulgo: actores, cantautores y otras hierbas). Por si fuera poco, Roberto Álvarez, con lo bien que lo iba haciendo, perdió el hilo del monólogo en un determinado momento, se puso nervioso, y a partir de entonces tuvo muchas vacilaciones, como si no recordara el papel (o esa sensación daba), y lo intentó compensar sobreactuado. Yo pensaba que la cosa no podía ir a peor, pero me equivocaba, porque casi al final de la obra llegó la apoteosis de la cursilería, cuando Sísifo nos pidió que cerráramos los ojos y recordáramos nuestro momento happy happy. Por suerte, no se le ocurrió pedir que abrazáramos a nuestros vecinos de asiento, y así me ahorre el tener que salirme del teatro a vomitar. Luego acabó, con una declaración de falsa modestia, en plan no se rían de Sísifo, que soy muy viejo y he visto muchas cosas y soy más listo que ustedes (es decir, que la autora del monólogo, Chus Gutiérrez, es más lista y más profunda que nosotros, pobres espectadores).

En fin, la semana que viene, más. Y espero que mejor.


* * *

Fuentes de las imágenes: 1, 2 y 3.

viernes, 12 de agosto de 2011

Magris sobre la violencia



Dedicado a todos los que se dejan fascinar por la violencia, a los que la adornan con citas de pensadores y filósofos para volverla profunda y misteriosa. Como si matar a un hombre, por mucho que se aduzca que es consecuencia del sistema, fuera algo más que matar a un hombre.

La retórica de la transgresión presenta el crimen como si éste contuviera en sí mismo, tal vez por la infelicidad que se supone que le acompaña, su propia redención, sin necesidad de otra catarsis. La violencia se presenta como algo idéntico a la redención y parece instaurar una especie de inocencia entre las pulsiones. La mística de la transgresión, palabra envuelta en un énfasis edificante, se engaña exaltando el mal y despreciando todo tipo de moral; el tecnicolor sugestivo y tenebroso del Mal es más seductor que el sobrio blanco y negro del bien, y una obra que exalte la más mínima infracción es reverenciada con deferencia, como si bastara casi con disparar contra un amigo, como Verlaine a Rimbaud, para escribir los poemas de Verlaine.

Claudio Magris, El Danubio (cap. 2.15, "El Kitsch del mal")

miércoles, 3 de agosto de 2011

"El Danubio" de Claudio Magris (I)



Cuando leo un libro tengo la costumbre, supongo que compartida por muchos, de ir subrayando los pasajes que me interesan. Luego, en el vuelto de la última página del libro, anoto la página en la que aparecen esos pasajes, para poder volver a ellos cuando me apetezca. Generalmente suelen ser unos diez o quince en cada libro. Sin embargo, de cuando en cuando aparece alguno con el que no doy abasto. Es el caso de El Danubio, de Claudio Magris, en cuya lectura llevo sumergido varios meses. No es ni una novela, ni un libro de viajes, ni un ensayo, sino todos ellos y ninguno al mismo tiempo. No es un libro que se deje leer deprisa. Las avalanchas de datos eruditos, verdaderos y ficticios, sobre la civilización mitteleuropea y la enorme cantidad de reflexiones que contiene no permiten obrar de otra manera. También hacen que se corra el riesgo de llenar el libro de subrayados y notas. Por eso dejé de hacerlos a partir de la página 158 (tiene 370 exactamente). La literatura y el viaje como medios para ordenar los espacios en blanco de la vida; la fascinación que ejerce el mal; las relaciones entre ciencia y literatura, son algunos de los temas de que tratan y que me interesan especialmente. La cita del mes de mayo, en la columna izquierda del blog, está extraída de él. Pongo aquí otras dos más, a propósito de esos otros dos temas. La primera:


Es posible que escribir signifique rellenar los espacios blancos de la existencia, esa nada que se abre de repente en las horas y en los días, entre los objetos de la habitación, y los absorbe dejando una desolación y una insignificancia infinitas. El miedo, ha escrito Canetti, inventa nombres para distraerse; el viajero lee y anota nombre en las estaciones que deja atrás con su tren, en las esquinas de las calles adonde le llevan sus pasos, y avanza un poco aliviado, satisfecho por ese orden y ese ritmo de la nada.


La segunda está sacada del capítulo titulado El kitsch del mal, uno de los más brillantes de todo el libro, en el que Magris se dedica a demoler ese prestigio seductor y tenebroso que tiene el Mal, para dejar claro que detrás de las máscaras de bronce no hay nada más que indigencia intelectual y deseos de trascendencia. Así escribe a propósito de Mengele, uno de los más claros exponentes de esa fascinación, tan poderosa como vacua:

Mengele, en ese momento, está fascinado por la transgresión, la ejerce como una especie de culto, piensa que ilumina la vida cotidiana con una luz superior. Los actos que realiza son, además de atroces, de una extrema estupidez, son actos que todos podrían realizar y que él, en su ignorancia deslumbrada por el Kitsch, piensa en cambio que son acciones reservadas a unos pocos elegidos.


Una nota formal para acabar la entrada: El Danubio se divide en nueve secciones (cada una dividida en capítulos). Las tres primeras están dedicadas a Alemania. Las seis restantes, a los seis países que atraviesa, que atravesaba en 1986, cuando fue escrito, el río en su trayecto desde su fuente hasta el mar Negro: Austria, Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía. Estoy en Yugoslavia. Me quedan, calculo, un par de meses de lectura. Cuando llegue por fin al Delta es posible que vuelva a anotar algo.


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Fuente de la imagen, aquí.

lunes, 1 de agosto de 2011

HIC SVNT LEONES



Hic sunt leones, dijo el estudioso, satisfecho tras descifrar por fin la inscripción casi borrada por la erosión y el tiempo. Al día siguiente encontraron sus restos los cuidadores del zoológico.

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Fuente de la imagen: aquí.

lunes, 11 de julio de 2011

"El Tercer Reich" de Roberto Bolaño



Acabo de terminar El Tercer Reich, una de las novelas que Bolaño se dejó por los cajones y que se han encargado de editar sus herederos. Es el libro más desasosegante que he leído en muchos años. Me ha provocado una intensa inquietud incluso a nivel físico. He llegado al punto de evitar su lectura vespertina, para que mis sueños no se poblaran de hierros oxidados en las playas, cuerpos cubiertos de quemaduras y ojos de ahogados comidos por los peces. No soy capaz de recordar un solo libro que me haya hecho algo semejante.

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La foto está sacada de aquí.