martes, 29 de diciembre de 2009

Las lecturas de 2009

A sugerencia del señor Supiot, y antes de que se acabe el año, voy a hacer una pequeña lista con mis lecturas preferidas/recomendables de 2009. Son dos novelas, un libro de cuentos, una antología poética, y dos ¿ensayos? sobre literatura.

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère. Una novela autobiográfica, de un autor que está obsesionado con el horror, y que a fuerza de escribir sobre cosas horribles (la Rusia soviética, su abuelo colaboracionista) termina por sufrirlas él también. Un libro agobiante y devastador.

La edad de hierro, de J.M. Coetzee. Una historia de redención en la Sudáfrica del Apartheid, contada con austeridad y precisión. Es la cuarta obra de Coetzee que leo (después de Disgrace, Boyhood y Youth), y me confirma tres cosas: una, que el jurado del Nobel a veces acierta; dos, que, hoy por hoy, los mejores narradores están fuera de Europa; y tres, que en el siglo XXI todavía se pueden seguir escribiendo grandes novelas sin hacerse experimental.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. No todo iban a ser desgracias. Iwasaki reúne en este libro una colección de cuentos (supuestamente) premiados en diversos concursos literarios (o, más bien, el mismo cuento convenientemente reescrito para adaptarse a las bases de cada premio). Y que le sirven a Iwasaki para reírse de todo: de la Guerra Civil, de los nacionalistas vascos, de la rivalidad entre el Betis y el Sevilla, de los flamencos, etc. Porque, como dice en el prólogo el autor, sólo merece la pena escribir para una de las dos Españas: la que sabe reírse de sí misma.

La luz en las palabras, la antología de Aníbal Núñez que ha publicado Cátedra. Creo que Aníbal Núñez es el mejor poeta español de los últimos cuarenta años, con mucha diferencia sobre el resto (para muestra, un botón). Y este librito es una buena manera de introducirse en su poesía.

Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo. Me gustaría haber hecho una reseña de este libro, porque hay mucho de que hablar. Pero como lo más probable es que al final no la escriba, me voy a contentar con dar aquí dos pinceladas rápidas y simples. Creo que Postpoesía es un libro que va a dar un empujón a la renovación de la poesía, siempre necesaria cada cierto tiempo, pero no creo que vaya a ser el empujón definitivo (en justicia, tampoco lo pretende, o al menos eso afirma el autor). En él, Fernández Mallo da sus ideas sobre la poesía (ni mística ni ética) y sobre el poeta (un artesano, no un vate inspirado por no sabe qué fuerzas ocultas). Y esas ideas me gustan, como también me gusta su propuesta práctica (todo puede ser poesía, si se consigue que el texto funcione). Ahora, lo que ya no me gusta tanto es el entramado teórico que ha levantado para justificar sus ideas. Primero, porque no justifica muchas de sus afirmaciones (y a mí no me vale que diga, como lo hace, que no ha escrito un ensayo, sino un experimento postpoético). Segundo, porque está muy feo hacer bullying al lector (García Rodríguez dixit, véase abajo), recordándole todos los filósofos que tenía que haber leído, todos los músicos que tenía que haber escuchado, y todos los artistas cuyas performances tenía que haber visto (y esto es así, aunque se haga desde el buenrollismo de Fernández Mallo). Podría seguir, pero no voy a hacerlo. Resumiendo, Postpoesía me parece un libro recomendable y lleno de propuestas atractivas, pero no puedo evitar la sensación de que para el viaje que te ofrece no hacían falta tantas alforjas como las te echa encima.

Mutatis mutandis, de Javier García Rodríguez. Un divertidísimo artefacto literario que mezcla la novela con el ensayo y que lleva por subtítulo Hacia una hermenéutica transficcional de las narrativas mutantes: de Propp al afterpop (o “nocilla, qué merendilla”). Aunque yo lo subtitularía De cómo recordar que el emperador está desnudo, aunque se vista de mutante (sin que dejen de llover palos para el resto).

martes, 8 de diciembre de 2009

Un fragmento de T.S. Eliot




Los hombres vacíos


I

Somos los hombres vacíos
Somos los hombres de trapo
Los unos sobre los otros
con cabezas de serrín.
¡Ay! Nuestras voces resecas,
cuando hablamos en susurros,
no dicen nada, son suaves
como viento en césped seco
o ratas que en el sobrado
corren sobre vidrios rotos

Forma deslavazada, sombra descolorida,
paralizada fuerza, gesto quieto;

Los que ya se han internado,
sin apartar la mirada,
en el otro Reino de la Muerte,
si nos recuerdan, no es
como espíritus violentos
y perdidos, sino sólo
como los hombres vacíos,
los hombres de trapo


(El original, aquí. La traducción y la foto son mías)